Gallatoneros

IMG-20151229-WA0003La lanzada era certera e inapelable. Don Constantino era un maestro en su arte, un maestro incomprendido por mi pequeña persona. El duelo, sin ofensor, ni ofendido, pero con receta previa, se repetía tarde tras tarde en la calle Santa Bárbara, en la casa del practicante. Recuerdo colas más largas y menos prometedoras que las domingueras y empinadas ante la recia puerta de la desaparecida churrería. De esta pervive el olor cálido y dulzón a festín por llegar, pero lo hace sólo en la memoria. De aquella, de la calle de los temores por adelantado, queda en pie el formidable y fuerte gallatonero del jardín de los Ruíz Royo. Si la falta de salud nos encaminaba al pinchazo, la exuberante vitalidad de aquel árbol testigo ejercía un cierto efecto reconfortador. Desde la ventana donde tenía lugar el lance, durante la inquietante espera acompañada del olor a alcohol en que se ameraba el arma del crimen , se le veía y seguro que se le sigue viendo; la copa amiga del árbol que nos despedía a la entrada y nos recibía a la salida, algo más triunfal por más que tímidamente cojitrancos.IMG-20151229-WA0001

Celebro poder seguir contemplando al gallatonero compañero de tantas tardes de aguijonazos, agradezco a la familia propietaria del jardín que lo haya conservado. Al mismo tiempo lamento que en nuestro pueblo un monumento vivo y cobijador como ese gallatonero ya solo pueda encontrar tierra acogedora fuera del espacio público. Cuando no es una enfermedad que se ceba con los olmos, como aquellos dos gemelos que nos saludaban junto al puente del matadero, uno a cada lado y siempre firmes, corresponde a un vendaval decretar despuntes al por mayor. En caso de que los elementos naturales se echen a faltar, el temor del hombre pone su granito de arena para adelantarse a cualquier caída, echando a tierra lo que se atreve a desafiar la ley de la gravedad con un desarrollo considerado inapropiado.

Los gallatoneros no viven sus mejores momentos en este Valle. Nos dicen mucho de nuestro pasado y no menos de nuestro presente. En el poblado de La Hoz, agonizantes o ya secos, nos cuentan historias de un tiempo en el que el río Zarra gozaba de tal esplendor que podía ceder aguas desviadas para regar las terrazas que ellos sujetaban. En las huertas de Palaz quedan apenas unos náufragos de una tripulación que fue numerosa. En Teresa de Cofrentes, cada año que pasa, pasan a peor vida hileras de gallatoneros sentenciados por la cadena de la motosierra y rematados por el veneno del herbicida. La vida es tenaz y rebrota una y otra vez para darnos más de una oportunidad a rectificar. Da igual, ya no queremos entenderla.IMG-20151229-WA0004

Son despensa de los pájaros cantores en invierno, sombra de descanso en el verano, refugio de acorralada humedad en los suelos, cuartel de incontables ejércitos de insectos aliados, bufanda de hojas para la tierra y cortavientos siempre. Qué ironía que cuando el pan se criaba en las huertas no se les echara en cara el querer compartir el alimento de la tierra con nuestros cultivos. Hoy que las huertas apenas si son sustento de una anécdota, sólo vemos en sus raíces ladronas furtivas amenazando a nuestra plantación. Cierto que ayer nos daban utilidad haciendo de tercer sostén de nuestros viejos, de astiles de herramientas, de ingresos añadidos en suma, pero no menos utilidades nos siguen dando hoy. El problema es que no les escuchamos.

Conservo muchos de los gallatoneros que nacen espontáneamente en los campos que trabajo. Algunos ya tienen un porte considerable. Dentro de quince o veinte años anunciarán el cambio de las estaciones ya en la lejanía. Espero que hayan alcanzado una fortaleza tal que les permita sobrevivir incluso sin necesidad de riego. Más desearía que otras manos continuaran cuidando de ellos. Seguro que en su cercanía nadie esperará en la cola del practicante, pero no menos cierto que habrá muchos que se alegrarán de poder contemplarlos. El gallatonero de la calle Santa Bárbara habrá hecho escuela.IMG-20151229-WA0005

Carlos Feuerriegel

Un pensamiento en “Gallatoneros”

  1. María Teresa Ruiz Royo dice:

    Me gusta mucho tu artículo, pero quiero aclararte que la casa no es Ruiz Royo, es Royo Masiá, y la parte del huerto donde crece el gallatonero, es Royo Martínez, pues los propietarios son mis primos, hijos de Vicente Royo Masiá. Cuando quieras puedes visitarlo y fotgrafiarlo. Nosotros también lo queremos mucho. Saludos

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