Las campanadas

IMG_20151226_134451.jpg

31 de diciembre, último día del año, en el que todo el mundo se engalana, hasta relojes y campanas, quedan listos para la gran fiesta despedida del año. Aquí desde hace unos años atrás un grupo pequeño de mozos y mozas se ponen frente la Iglesia de Nuestra Señora la Asunción, para comer las uvas y victorear por un año nuevo, como si de la Puerta de Sol se tratase, quién sabe si dentro de unos años, Nuestra Iglesia cada 31 de diciembre ojeara desde su campanario a una gran multitud de ayorinos/as bajo sus pies celebran el fin de año.

Poco conocemos sobre las campanas de nuestro pueblo, si bien es cierto, que las personas mayores del lugar, las conocen a la perfección, e incluso saben distinguir lo que están anunciando con solo escucharlas; la alegría del volteo festero, la tristeza y el dolor cuando lloraban a nuestros muertos, lo enigmático de la plegaria, la emoción de aquellas “badajás” broncas y graves de la “Campana Gorda”, o las acariciadoras, agudas y punzantes cantarinas del viejo chapitel desaparecido.

Mirando al Sur se asoma desde el siglo pasado, 1897, por arqueado y pétreo ventanal, la más grande y robusta campana, ANDREA. Antes, con su yugo de madera y el cabezal de piedra, así como sus esmerados y consistentes herrajes forjados por las manos artesanas de hombres del lugar y que hoy podemos ver conservados en nuestra ermita de la Virgen del Rosario. Es “la Campana Gorda“. La que con sus tres “badajás” nos despertaba en el alba. La que todas las mañanas oíamos en el momento de la Consagración de la Misa Mayor. Aquella que a las doce nos anunciaba el Ángelus y al atardecer sonaba imperiosa y pausada en el “Toque de Oración”. La que en el “Toque de Ánimas” se anticipaba diciéndonos que la campana “Petra” nos iba a pedir el recuerdo para las almas y la que en los días de fiesta daba grandeza y solemnidad a los volteos. La que lloraba, derramando sus golpes como lágrimas en la “señal de difuntos”… era el lamento, la plegaria y nuestra alegría, porque Andrea llevaba en sus entrañas un trozo del corazón de Ayora… pues según la tradición popular, un día pasado y lejano, fue restaurada por nuestros abuelos en una solariega casa de la calle San José y en su bronce hecho caldo, depositaron monedas y medallas algunos ayorinos que quisieron ser siempre la voz de todo el lugar.

Mirando las casas de la Solana y la quilla majestuosa del Monte Mayor, está desde el año 1765 la campana “María de la Asunción” con una inscripción en latín que traducida dice: “Jesús… María ha sido Asunta al Cielo; se alegran los Ángeles, con alabanzas bendicen a María, Nuestra Señora”. Diciéndonos durante el día y la noche, la hora que señala el reloj en el mutismo de su oscurecida esfera, o sonando perezosa y de mala gana cuando levanta su badajo y anuncia que alguien nos ha dejado, pasando a la eternidad. A veces, muy distinta, nos comunica su alegría iniciando el “volteo general” anunciador de la fiesta.

PETRA” es la campana que mira al Norte. Su inscripción en latín dice: “Te rogamos, oh Andrés, que por tu bondad nos libres de toda tempestad. Jesús. Ave María. Año 1496. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra y en los infiernos. Ave María. A Tí, Dios alabamos”. Contempla los bancales del Ángel, Chichiles, el Llano y galantea de reojo a la Virgen del Rosario recreándose en las verdes y redondas copas de arrogantes y corpulentos pinos que sirven de hermoso marco a la silueta de su ermita. Viene su nombre de San Pedro y es la que llamaba para sermón y se volteaba en las Misas Cantadas. Al anochecer daba su “Toque de Ánimas” y también cuando las llamas consumían alguna vivienda, ella tocaba a “fuego” y avisaba agitándose nerviosa para que en un momento fraterno los ayorinos corrieran y se ayudaran abrazados en la desgracia.

La campana “JUANA” es la más pequeña de las cuatro y dice: “San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. año 1650. Al nombre de Jesús, toda rodilla se doble en el Cielo, en la tierra y en los infiernos”. Mira hacia la Sierra y después de recrear su vista en las elegantes cúpulas que le dan escolta, recibe complaciente los primeros rayos del sol, que dorados y acariciadores asoman por lontananza, mezclados con la brisa de montaña que viene perfumada con el romero y con el tomillo. “Juana” daba sus toques de “Gloria, Panpanicos o Albadetes” cuando algún chiquillo se había hecho Ángel y parece que se llenaba de alegría, pero en el fondo sus sones eran profundo lamento, sollozo, al darles su último “adiós”.

Arriba del todo en el viejo chapitel desaparecido estaba la “campanica chica“, la de “alzar a Dios”, la que sonaba todos los días en la Misa Mayor, la que al anochecer llamaba a los rezos que se hacían en la iglesia.

Y también la campana de “Misa de Once“, “el Esquilón“, tiene su morada bajo la veleta y en su inscripción dice: “Santa Lucía ora pro nobis” Ayora 1876.

Había siempre una compenetración perfecta entre la forma de expresarse las campanas y la de vivir de las gentes. Desde que amanecía hasta que venía la noche se sucedían rutinarios los “toques” de siempre.

Información extraída del portal campaners de la Catedral de València  – aportación de: José Catalán Martinez.

 

 

Un pensamiento en “Las campanadas”

  1. LUIS MIGUEL dice:

    Gracias por estos recuerdos.
    Cuando mas joven unos eran reclamados por el cura como monaguillos y a mi me reclamaba Rafael el campanero para ayudarle a tocar o voltear, según fuera entierro o fiesta.
    Gracias

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *