CERRAR EL CÍRCULO

img_20161209_204318Año tras año los pinares ofrecen su cosecha de piñas. Pasa desapercibida para nosotros. No hay mercado ni recolección, no interviene el dinero. Los árboles en nuestros montes no faltan a su cita, pese a que nadie los abone. La normalidad no es noticia más que cuando deja de producirse.

Alrededor de cinco millones de años atrás, el rumor de una cascada inimaginable se habría podido escuchar a muchos kilómetros de distancia del Estrecho de Gibraltar. El Mediterráneo se estaba llenando con aguas del Océano Atlántico. Un cataclismo que nos hubiera aterrorizado junto a un hecho aparentemente anodino que no despierta ni nuestro interés ni mucho menos nuestra reflexión. Difícil imaginar situaciones más extremas, pero maravilloso el reconocer que obedecen a una misma ley.

En la tierra que habitamos no hay elementos, ni el agua, ni los minerales que alimentan las plantas, que escapen de ella. Tampoco nos llegan de fuera, meteoritos y basura espacial aparte. En forma de hielo sólido, vapor o líquido, el agua que hay en este planeta es una. Si las temperaturas bajan habrá más agua en forma de hielo y hasta los mares interiores, como el Mediterráneo, podrían llegar a desparecer. Si suben, la fusión del hielo hará que las montañas queden sumergidas por los mares acogedores de img-20161209-wa0009las aguas de fusión. Las inverosímiles conchas fosilizadas de nuestras sierras revalidarían su certificado de nacimiento. Valga esto como explicación necesariamente breve de la atronadora catarata oceánica que se precipitó por el Estrecho.

Nosotros, con nuestra actividad cotidiana actuamos también sobre este ciclo cerrado y perfecto de la vida, debiendo contribuir conscientemente a su mantenimiento. Hacerlo constituye una de las mayores fuentes inagotables de alegría, gratuita y gratificante. No hacerlo, por contra, exige pagar un alto precio que recae no ya sobre nosotros, sino sobre el conjunto inocente de la vida.img-20161209-wa0014

Busquemos un ejemplo cercano que podamos asir con nuestras manos. El cubo de la basura. Más de la mitad del peso de la basura que cada día se genera en las casas, está formada por materia orgánica. Todo aquello susceptible de pudrirse; principalmente restos de frutas, verduras, huesos y pescado. Bastaría que todas estas materias fueran a un cubo aparte que vaciaríamos una vez a la semana para poder elaborar, nosotros mismos y con ellas, compost, humus, el oro fértil de la tierra que sirve de alimento a los pinos generosos con los que empezamos estas líneas.

Hacer esto requiere de un esfuerzo, mínimo, y de una disciplina, necesaria, así como conocer las reglas básicas y sencillas para que el compostaje se realice correctamente. Todo Ayuntamiento debería apoyar estas iniciativas, como el de Ayora que dio los primeros pasos para ello con los cursillosimg-20161209-wa0013 que se impartieron este verano y deberán repetirse. Fácilmente comprobaríamos como la cantidad de basura a recoger se reduciría, en muy poco tiempo, a mucho menos de la mitad, con la reducción de costes que ello supondría. En un pueblo como Ayora, con sus 5.500 habitantes, el coste de la recogida anual de las basuras domiciliarias supone unos 160.000 €. Añadan a esto las tasas del Consorcio correspondiente. El ahorro no sería insignificante.

Todo cambio requiere del motor de la ilusión y del cemento de la voluntad, pero este cambio en nuestros hábitos no supone pedir la luna y es edificante en la medida en que conocemos la meta y ella está en armonía con la vida. La vida que rige la cosecha de los pinares y el mítico rumor de las aguas de Gibraltar.

Carlos Feuerriegel

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