S.O.S. En defensa de los árboles urbanos – ¡CONDENADOS!

En defensa de los árboles urbanos

Cuenta el que fue cronista de esta Villa, D. Eufrosino Martínez Azorín, que allá por el mes de septiembre del año 1867, unas fuertes lluvias trajeron consigo el que las aguas que venían desbordadas por la rambla de San José, atravesaran el pueblo por su cauce natural, esto es por la calle de la Rambla hasta desembocar en el actual barranco del Matadero. El que fue médico de esta Villa por aquel entonces, D. José Belda fue arrastrado por ellas al salir a la calle en su domicilio de la plazuela de Los Olmos y sólo la presencia de una providencial “y pequeña morera”, a la que pudo agarrarse nuestro galeno, le permitió salvarse de un ahogamiento cierto.

???????????????????????????????Nuestro médico debía ser persona instruida y por su profesión, sin duda alguna, amante de la vida. Es por ello que en agradecimiento a su árbol salvador y en palabras de D. Eufrosino: “(D. José Belda) cuando ya pasó la corriente y se desaguó todo, mandó cortar el referido tronco de la morera y se hizo un bastón para recuerdo, siendo un milagro el que no pereciera”

Nosotros, pasado casi un siglo y medio, nos preguntamos si no hubiera sido mayor milagro, y sin duda más generoso, que el médico de este pueblo , y en agradecimiento a su árbol salvador, se hubiera comprometido a cuidarlo, o a que otros lo cuidaran por él, de forma que durante el resto de los días de su vida pudiera disfrutar de su sombra benefactora.

115 años después de la riada a la que hizo referencia el cronista de Ayora, en esa misma calle de la Rambla, tres pinos plantados en la década de los cincuenta del pasado siglo ayudaron a mitigar el embate de las aguas que procedentes de la misma plaza de Los Olmos, se desbordaban calle abajo. Probablemente sirvieron de protección para la casa que se alza junto a ellos. Las heridas cicatrizadas que sus tres troncos, luego dos, mostraban, dan fé de que alguna fuerza no precisamente constructiva debieron retener.

Ciertamente los árboles de gran tamaño en el medio urbano, pueden llegar a ser un peligro potencial para las personas que viven en su vecindad o que pasan por debajo de ellos. No mayor que el tráfico rodado, las irregularidades en el pavimento de las aceras o los voladizos de los tejados. La seguridad absoluta sólo se da en los cementerios y quizá sea por ello que toleramos el que los cipreses puedan seguir libremente su camino hacia el cielo.

???????????????????????????????En cualquier caso frente a todo problema técnico suele existir también una solución igualmente técnica, siempre y cuando esta se desee encontrar; y sólo ante la inexistencia de alternativa se debe proceder a la tala pero atendiendo siempre a consideraciones ciertas de peligro para las personas.

Los árboles monumentales en nuestras ciudades y pueblos nos dicen mucho de quién en esos lugares han vivido y viven, porque nos hablan de una cadena ininterrumpida de respeto y aprecio a la vida natural. ¿Alguien se imagina la alameda de Játiva sin sus plataneros? ¿Acaso esos árboles no pierden sus hojas, o sus ramas no se acercan a las viviendas hasta intimar con sus terrazas? ¿Debemos en aras de una seguridad enfermiza reducir esos árboles a sus troncos con unos deformes muñones? Sinceramente creemos que no.

Todo árbol pierde sus hojas, durante todo el año o al llegar el invierno pero esas mismas hojas que parecen molestar en el suelo son las mismas que nos dieron sombra en el verano, mitigando el calor. Son las mismas que filtraron el aire que respiramos y que lo enriquecieron con oxígeno. Son las mismas que dieron cobijo a los pájaros que cantaron a la vida. Y son las mismas que nos recuerdan que en la vida toda cara tiene su cruz, como las hojas tienen haz y envés, y no aceptar esto indica estar poseído por una eterna e insana mentalidad infantil que solo está dispuesta a aceptar aquel lado de las cosas que nos parece agradable, superficial y artificialmente agradable. No es hermoso vivir en un lugar donde llegue a dominar una mentalidad tan pobre.

Pero si la defensa de los árboles viejos, de los árboles grandes, de los que quedan en nuestro recuerdo no debiera ser patrimonio ni deber de unos pocos, decidir su suerte, en general y sin pensar ahora en los vecinos que viven bajo su sombra, tampoco puede ser únicamente una decisión de ellos. Las casas en las que vivimos son ciertamente una propiedad particular pero las calles son públicas y los árboles que en ellas crecen también lo son . ¿Creen ustedes que los vecinos que viven a ambos lados del Paseo de la Castellana de Madrid tienen un derecho preferencial a la hora de decidir la suerte de esos árboles, por encima de lo que piensen el resto de los madrileños?¿Sigue existiendo la esfera de lo público o debe todo quedar reducido a los certificados de propiedad expedidos en las notarías? Llevado al extremo, cada vecino decidiría la política a seguir en los metros de acera que confrontan con su casa. Pero decidiría con responsabilidad, es decir , también a la hora de hacer frente a gastos o reparaciones, lógicamente debiera asumir de su bolsillo los costes correspondientes. ¿Es esto lo que se quiere????????????????????????????????

El hombre moderno lleva una vida cada vez más repleta de sus propias obras y necesita reencontrarse urgentemente con la naturaleza, con aquello que no es de su factura, que le precede y que le sobrevivirá. Porque es en esta permanencia donde se nos recuerda nuestra fugacidad y con ello se nos devuelve al verdadero aprecio de la medida real de las cosas. Los árboles forman parte de esta permanencia, nutren los paisajes y enriquecen los paisajes urbanos. Pero los árboles que están sanos, crecen y crecen hasta alcanzar un gran porte: necesitamos de esos árboles no solo porque son hermosos y son una muestra de vitalidad, necesitamos de ellos como necesitamos de las tormentas que , en nuestro clima mediterráneo, nos traen las aguas, aguas que pueden venir cargadas de granizo. ¿Hemos de anular ese peligro lanzando productos a la atmósfera que disipen las tormentas para dejarnos dormir el sueño de los vivos muertos en nuestra cómoda placidez?

En el repetitivo discurso de la guerra al árbol, al árbol urbano , tan inaceptable como el rechazo a las hojas que caen es recurrir a las cifras de personas que mueren por caída de ramas en nuestras ciudades para volver a llamar la atención sobre el peligro potencial de todo árbol de gran porte. Y no porque, repetimos, neguemos ese peligro, sino porque darle alas equivaldría a renunciar al placer de adentrarnos en el bosque o de descansar bajo el techo del olmo,¡ o de la quebradiza higuera!, que no solía faltar junto a las puertas de las casas de labor de nuestros montes. No existe ese peligro en tantos poblados españoles, especialmente en la vecina Mancha , y que tanto sorprendían y entristecían a los viajeros que los recorrían.

Quien siembra miedos innecesarios mutila la vida, quien cree siempre tenerla que asegurar a toda costa, acaba por no valorarla en su diversidad.

Plantemos los árboles en nuestros pueblos con vocación de que perduren y crezcan , no los hagamos con fecha de caducidad como las pobres y mediocres políticas de los administradores que dicen gobernarnos en nuestros Estados. Hagamos todo lo posible por respetar y cuidar los que nuestros antepasados plantaron y esforcémonos por engrandecer esta herencia.

Ayora es hoy conocida por su tradición apícola, por su poblado ibérico, por las sierras que nos rodean, pero no nos quepa duda que aun más conocida sería por esas alamedas de plataneros que eran la vida de la entrada a nuestro pueblo , ya viniéramos desde Teresa de Cofrentes o desde Carcelén. Una de nuestra mejores tarjetas de presentación, sin necesidad de palabras o juegos malabares de diseño gráfico. Vida en estado puro hablando a todos aquellos que la aman. Con su grandeza, con sus riesgos.